Isaac Rosa: “Se puede tener esperanza desde el pesimismo”

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Iván Giménez – Seix Barral

Dos semanas después del estallido de la guerra en Ucrania, cuando el ejército ruso tomaba Chernobyl, apareció en las librerías una novela con un hongo atómico en la portada, que se expandía bajo la mirada irónica de una familia en un picnic. Se trataba de ‘Lugar Seguro’ (Seix Barral), ganadora del Premio Biblioteca Breve 2022 y la obra más reciente del escritor sevillano Isaac Rosa. Su historia refleja el miedo a la incertidumbre a través de Segismundo García, un vendedor de búnkeres “baratos” que promete salvar a las clases bajas del colapso del mundo.


En un momento de máxima inseguridad mundial, se publica una novela que satiriza precisamente esto. Casi suena como una premonición literaria.

De hecho, comencé a escribir antes de la pandemia, proyectándome en un futuro “lejano”, tal vez dentro de 15 o 20 años. Sin embargo, entre el virus y sobre todo tras la guerra de Ucrania, el futuro se ha acercado mucho más de lo esperado. Lo que un Segismundo García debe estar vendiendo búnkeres desde hace muchos años, lo pude ver hoy. Incluso me encontré con un título un día. El mundo hoy que decía algo así como “Pedro Sánchez piensa que en los búnkeres subterráneos en los que viviremos dentro de unas semanas no será necesario llevar mascarilla”. De repente, la trama de la novela entró en el imaginario colectivo actual.

Entonces, ¿tu novela está más cerca de la realidad de lo que esperabas?

Cuando salió, recuerdo que varios amigos me pasaron fotos de noticias sobre la creciente demanda de bunkers, mientras que cuando empecé a escribirlo dos años antes, los bunkers vendidos eran una mierda. Estaba fuera de nuestras conversaciones y, de improviso, todo este tema se coló en ella: de pronto el presente dio paso a los asuntos de Segismundo García, que con sus búnkeres bajo costo Vende títulos muy dudosos y engaña a sus clientes haciéndoles creer que obtendrán lo mismo que los ricos, que pueden pagar mejor.

“Si no somos capaces de imaginar un futuro alternativo al que se nos anuncia, estamos perdidos”

¿Por qué un comerciante de búnkeres como protagonista?

Fue metafóricamente. Para mí, el búnker simbolizaba el tiempo en que vivimos: “sálvese quien pueda” es, en realidad, “sálvese quien pueda”. La idea era representar ese individualismo de la sociedad en la que cada uno hace o compra su propia casa y que los demás la gestionan. La pregunta central no puede relacionarse con otra cosa que no sea el futuro. ¿Qué futuro nos anuncian? ¿Qué futuro queremos? ¿Por qué futuro estamos dispuestos a luchar?

Fuera de sus páginas, ¿hay alguien, como Segismundo, que también se beneficie de la mercantilización del miedo?

Sí, hay comerciantes espeluznantes que venden sustitutos de seguridad. Las empresas y los gobiernos lo hacen. El uso político del miedo tiene una larga historia. Un buen ejemplo es la religión, por ejemplo, con el miedo a Dios, al infierno, a las consecuencias de tus actos… En definitiva, el miedo se ha utilizado durante mucho tiempo, y en los últimos años sus medios de difusión se han vuelto más sofisticados y formas de generar inseguridad, al mismo tiempo que el capitalismo en su versión actual elimina muchos elementos de seguridad a nivel social.

¿Como por ejemplo?

Una estrategia similar a la de Segismundo es la que utilizan, por ejemplo, las empresas de alarmas domésticas: utilizan el miedo como un concepto abstracto porque saben que estamos en un momento histórico de vulnerabilidad. Tenemos miedo y no sabemos exactamente por qué, por eso le ponen nombre a nuestro miedo. Lamentablemente, creo que no hay alarma posible ante lo que realmente está pasando en el mundo: en la sociedad del “sálvese quien pueda”, tampoco se salva nadie. El neoliberalismo nos ha dejado solos, no hay salvación individual posible; y esto se ha puesto de manifiesto en momentos de crisis como la medioambiental, la pandemia o la guerra de Ucrania.

trabajo decente en la mano invisible (2011), obstáculos en las relaciones amorosas en Final feliz (2018) o el miedo a lo desconocido en lugar seguro (2022). La crítica social tiene un gran peso en sus obras. ¿Te consideras más involucrado en la política o en la literatura?

No puedo separar la literatura y la política como dos esferas. Tienen zonas de intersección y juegan en un mismo terreno, ya que siempre son ficciones que representan la realidad y proponen imaginarios con los que convivimos (o nos incitan a imaginar alternativas). Tanto en la literatura como en la política hay discursos que tienen consecuencias en nuestras vidas. Pero entiendo que me he ganado la etiqueta de escritor político y no puedo resistirme, lo que pasa es que solo le ponemos esa etiqueta a quien ofrece alternativas desde una perspectiva crítica… Sin embargo, la literatura que no lo hace también ofrece una visión política porque también tiene consecuencias sobre nuestra forma de vivir, sobre la posibilidad de imaginar ciertos futuros.

A pesar de su escepticismo hacia el sistema capitalista, su historia se aleja de la distopía habitual en las ficciones de nuestro tiempo. ¿Eres optimista sobre el futuro?

Más que optimismo, me gusta hablar de esperanza. Admiro particularmente la distinción que hizo Terry Eagleton en su libro esperanza sin optimismo. Puedes tener esperanza sin ser optimista, desde un pesimismo radical. Y eso es lo urgente: sin esperanza, ya podemos ahorrar para un búnker. Si no somos capaces de imaginar un futuro alternativo al que se nos anuncia, estamos perdidos.

“El problema no es que no seamos capaces de imaginar un futuro que no sea distópico, sino que son los niños los que renuncian al futuro”

Y su futuro alterno, ¿qué implica eso?

En mi opinión, debemos deshacernos de las tres consignas que caracterizan los tiempos que vivimos. La primera: “cada uno por su cuenta”. La segunda: “nada a largo plazo” que, como decía el sociólogo Richard Sennett, es el principio que carcome la confianza, la lealtad y el compromiso mutuo. Y por último, el lema vigente desde los tiempos de Margaret Thatcher: “no hay alternativa”. Nada se puede construir sobre estos tres pilares, ni individualmente ni como sociedad. Dudo en aceptar que el futuro es la distopía que tantas ficciones anticipan, aunque tampoco quiero caer en el pensamiento positivo sistemático. Sencillamente, la incertidumbre abre muchas posibilidades en las que hay espacio para la acción.

Esta idea está muy bien representada por la escritora Rebecca Solnit, muy presente en lugar seguro.

Tiene un bonito artículo que escribió al principio de la guerra de Ucrania en el que explica cómo en la incertidumbre sí hay esperanza: lo que hasta hace poco generaba mucha resistencia al cambio, como el de hacer frente a la crisis climática, hoy un giro inesperado de la trama ha forzado la acción. Europa se vio obligada a replantearse su modelo energético en pocas semanas, mientras nosotros llevábamos años denunciando -sin éxito- su insostenibilidad.

¿Estamos dejando un lugar seguro para las generaciones futuras?

Cada vez más jóvenes, más jóvenes en cantidad y más jóvenes en edad, coinciden en una visión muy negativa de lo que está por venir. La última vez que estaba dando una conferencia en una universidad, empezamos a manejar el concepto de nativos inseguros, como cuando hablamos de nativos digitales. Son aquellos que nacieron y crecieron en un mundo precario. Los primeros recuerdos de mi hija, que tiene 18 años, datan ya de la crisis de 2008, y toda su generación ha conocido crisis tras crisis. Sin embargo, seguimos vendiéndoles las historias de vida de tiempos pasados. Eso de “si estudias mucho tendrás un buen trabajo, y si trabajas mucho puedes tener un proyecto de vida” ya no funciona. Ya no creen en la cultura de la meritocracia y el esfuerzo. Están cansados ​​de acumular títulos para no conseguir un trabajo digno. Es normal que rechacen el discurso vital de generaciones pasadas.

“La incertidumbre abre muchas posibilidades en las que hay espacio para la acción”

¿Y es lo mismo para los que son aún más jóvenes?

Antes del inicio de la guerra en Ucrania, en este momento optimista tras las últimas oleadas de covid, fui a un instituto de Melilla a dar una charla a niños de 12 años. Les pedí que imaginaran el futuro en 2050. Me impresionó su aspecto, no me había imaginado que estuvieran tan contaminados por la futurofobia. Pensé que a esa edad pensarían en lo que todos pensamos cuando somos más jóvenes: robots, coches voladores… Ahí empezaron el juego, pero enseguida hablaron de guerras, emergencia climática, escasez de agua, desigualdad… La El problema no es que los novelistas o cineastas sean incapaces de imaginar un futuro que no sea distópico, sino que son los niños los que renuncian al futuro.

¿A qué conclusión llegará el lector después de terminar su libro?

Hay quienes van en contra del discurso de Segismundo desde el principio, probablemente porque me conocen de antes y saben cuáles son mis ideas. Otros me han dicho que empiezan creyendo la historia del protagonista, es decir, de hecho el económico estos son los botijeros, los cuatro hippies de cada generación, pero en algún momento algo los hace Haga clic en y comienzan a dudar. Entonces empiezan a pensar que tal vez la realidad que se les muestra está sesgada. Por otro lado, hay quienes, a lo largo de la lectura, coinciden en que la económico Son directamente perroflautas. Es esta influencia diversificada la que quería transmitir: quería presentar una serie de convicciones o propuestas con las que siento afinidad, pero no quería hacerlo de forma explícita. No quería escribir un panfleto, sino dárselo a un hombre de mirada hostil que a veces roza los límites de quien quiere cambiar el mundo. Quería hacer una novela que diera lugar a discusión por la cantidad de interpretaciones posibles.

¿Cuál es tu lugar seguro?

En todas las crisis de nuestro tiempo, la familia ha sido el refugio. Sin familia, las crisis seguramente habrían golpeado mucho más salvajemente. Mi refugio es mi familia, la familia de sangre y mi núcleo duro, mis amigos.