Capítulo del último libro de Daniel Samper Pizano

¡Entonces el idiota bigotudo me va a pegar otra vez! Puede que sea el capitán del equipo y el jefe de personal de la empresa, pero es un idiota. Hace un tiempo, cuando insistió en ejecutar el tiro libre, me dio una patada tan fuerte que me envió a los pinos. Los otros jugadores tardaron diez minutos en encontrarme. Me encontré arañado, mojado y cubierto de barro. Ahora insiste en ejecutar el penalti. A falta de un minuto para el final, el imbécil sabe que si marca el gol, su equipo ganará y él será el héroe del torneo. Me enferma ser una herramienta para este idiota. Y pensar que en este mismo momento otros balones, hermanos lejanos, rebotan con gracia en la rodilla de Zidane, o vuelan en una curva dirigida por el pie derecho de Messi o celebran jubilosos un cabezazo de Luis Díaz…

(Sigue leyendo: Así iban a ser los 80, según Daniel Samper Pizano)

Pero, claro, conseguí la liga intercompañía en Bogotá. Golpes con la nariz del guayo, golpes en la calle, cabezazos desviados, rebotes en los guijarros del suelo, hundimiento en los charcos y ahora, para peor, el imbécil del bigotudo, que se distancia y se prepara para tirar el penalti .

Sostengo que los balones han mejorado mucho más rápido y drásticamente que los jugadores. Mis antepasados ​​eran ovillos de crin de caballo atados con cintas de cuero, o ovillos de madera cubiertos con tela. Hablo de la antigüedad, cuando los chinos (chinos en China) empezaron a jugar con los pies. Eran mucho más civilizados que los británicos, por supuesto, quienes en el siglo X derrotaron a los asaltantes vikingos y jugaron algo así como un partido de fútbol con la cabeza del líder perdedor. En Italia, durante la era medieval del calcio, el fútbol primitivo, dos multitudes se enfrentaban empujando una vejiga inflada de lado a lado. Tres siglos después, en 1630, los alemanes jugaban con otra vejiga llamada pallone, que inflaban con un aparato mecánico. Parece increíble que cuando nació el fútbol
moderno, a mediados del siglo XIX, los ingleses usaron una pelota de cuero de colores con un botón enorme en el poste, y continuaron usando el mismo artilugio 70 años después. Parecía un balón medicinal. Estaba más lejos de nosotros, los balones de fútbol modernos, que lo que separa al mono de maíz de Albert Einstein.

Allá por los años 20, hace un siglo, se ató el balón de cuero con cordón, capaz de dejar una cicatriz imborrable en los cabezazos. El pitorro, que servía para inflar el globo de goma del interior del casco, se consideró un gran paso adelante en 1940. Pero no fue hasta los años 50 cuando se fabricó la primera superbola, nuestra tatara-tatara-madre más cercana, que inflaba por medio de una pequeña válvula, como hoy. Todavía era la era del cuero, cuando un balón mojado aumentaba tres veces su peso y podía clavar una costilla en el portero. Se necesitaban músculos para impulsarlo. El idiota bigotudo, por ejemplo, que en ese preciso momento se santiguó —como si Santa Rita fuera un futbolista— se habría roto el peroné al contacto con una pelota de cuero empapada.

(Texto de Daniel Samper Pizano: Anatomía del cachaco, según Daniel Samper Pizano)

El reglamento dice que debemos pesar entre 410 y 450 gramos, tener una circunferencia menor de 71 centímetros y mayor de 68 y ofrecer una presión de entre 0,6 y 1,1 atmósferas al nivel del mar, repito: esto dice el reglamento. Pero en los juegos callejeros, torneos de barrio y campeonatos como este que me tocó asistir, vi dibujarse todo tipo de esferas: desinfladas, heridas de golpes, con cortes dignos de Juan Charrasqueado, ovales como un melón, retorcidas como una papaya, duras como una roca, fofo como un osito de peluche. Exquisitas medidas -que no debe rebotar más de 65 centímetros si se lanza desde una altura de dos metros sobre un piso de madera- se aplican a los balones del Mundial: el Telstar, que contó con pentágonos negros en México-70; el Tango de 32 caps, creado en Argentina-78; el Azteca, de México-86, el primer balón totalmente sintético e impermeable; el Questra, de la US-94, en poliuretano y otros cuatro materiales; la Tricolore, de Francia-98, que es, en mi opinión, la pelota más rápida que ha existido: los defensores la odiaban y los atacantes se sentían superman. Y no sigo porque me hincha la pereza.

Pero, repito, estos son los balones de élite. Nosotros, la gente corriente, atendemos menos demandas. Sin embargo, yo, con todos mis defectos, soy más bola de lo que el loco bigotudo, el jefe de gabinete, puede ser un futbolista. No entiende que somos los protagonistas de este juego, que sin nosotros no hay juego, que no se trata de matarnos a golpes, sino de acariciarnos con el pie, como hacía Garrincha; convirtiéndose de repente en una maravillosa pompa de jabón, como Pelé cuando hacía un sombrero para un rival; o incluso convertirnos en un remate sólido y certero, como los que disparó Koeman.

Sin suerte la mía. Tuve que aguantar la torpeza de los jugadores rudos, como el idiota del bigote, que ya corre a tirar el penal y me da un golpe seco y luego me voy otra vez, ¡mierda!, directo a los putos pinos. …

REGÍSTRESE PARA EL BOLETÍN DE NOTICIAS

TODA LA EXPERIENCIA CENAS EN TU MAIL
[contact-form-7 404 “No encontrado”]