‘Blonde’: la nueva película sobre Marilyn Monroe – Ramona

La adaptación de una novela al cine debe partir de una infidelidad. Mucho más que un proceso para hacer visible lo que envuelven las palabras, el cine es un lenguaje diferente de la literatura, como un pájaro de un avión: ambos vuelan pero por razones muy opuestas y de formas incomparables. El lenguaje escrito de la novela pretende despertar las imágenes y los sonidos que cada conciencia lectora puede aportar, mientras que el cine nos confronta con la ilusión de ver y oír la realidad: es más un fenómeno que una sugerencia, porque muestra en lugar de describir. Con esto no pretendo crear una jerarquía sino una distinción que favorece la desobediencia del cine porque, me pregunto, ¿por qué?, y entonces, ¿cómo emular un lenguaje con otro? Tradicionalmente, las películas han contado las tramas de las novelas para explotar su notoriedad, pero al limitarse a fines comerciales, distraen la atención de la introspección, que requiere herramientas más abstractas. Por eso es importante que el cine tenga la esencia pero no la forma de la novela convencional. El idioma alemán no puede parecerse al español aunque puede afirmar lo mismo. La distorsión y la falta de respeto se vuelven fundamentales, como en el caso de Albert Serra y su Honor de cavalleria (2006), una versión minimalista de El Quijote que capta un personaje muy cercano al de Cervantes, sin ceñirse en absoluto a la trama original, y apoyándose en cambio, en las herramientas exclusivas del cine: el silencio y el tiempo.

El director australiano Andrew Dominik parece servil y rebelde en Blonde (2022), basada en la novela del mismo nombre de Joyce Carol Oates. Ambas tramas recorren toda la vida de Norma Jeane Baker, conocida incluso por quienes nunca han visto una de sus películas como Marilyn Monroe. Oates describió a su protagonista como una actriz brillante que inventó el método por sí misma, incluso antes de leer a Stanislavski, y una mujer sencilla que desearía no haber sido nunca famosa. Pero sobre todo, Oates habla de una víctima sumisa por su madre, que intentó matarla cuando era una niña; por el estudio, sus directores y los cineastas, que explotaron su cuerpo y su espíritu; por sus amantes, que la perciben como una ingenua o el repugnante estereotipo de puta, y finalmente por la imagen en el espejo y en la pantalla, Marilyn, que toma el relevo de Norma Jean. Si la caracterización de la novela alcanza más que la de Dominik es porque ambos hablan de abusos pero solo Oates logra crear un mayor equilibrio con la interioridad de su protagonista. Eso no significa que Dominik se limite a los hechos materiales de la novela, sino que eligió menos oportunidades para representar otras facetas que para profundizar en el abuso recurrente.

Estas coyunturas, pocas pero significativas, se presentan, por citar sólo sus mejores ejemplos, en dos escenas que evocan, una, al cineasta danés Carl Theodor Dreyer y un concepto del filósofo Gilles Deleuze; el otro hace referencia a la propia filmografía de Dominik. En la primera, Norma Jean (Ana de Armas) hace una audición para un papel en la película Don’t Bother to Knock (1952). El plano, en blanco y negro, se acerca a la nariz respingona, los labios y los ojos grandes, la inimitable melena rubia y rizada de la actriz, que empieza a deformarse de la calma al llanto conmovedor. El plano permanece la mayor parte del tiempo inmóvil, sin cortes, y produce lo que Deleuze encontró en los retratos del protagonista sufriente de La Pasión de Juana de Arco (1928): una imagen-afecto, es decir, un plano donde el rostro se vuelve un paisaje, en el espacio abstracto de la emoción. Las tres presencias del cuadro -De Armas, Baker y Monroe- son palpables en este momento, y Dominik logra una expresión puramente cinematográfica. La escena correspondiente en el libro describe la atmósfera y la respuesta de los cineastas viendo la audición, pero Blonde the Movie nos pone en el lugar de esos espectadores, excepto cuando un corte muestra su reacción decepcionante.

La escena que alude a otras películas de Dominik tiene varias parejas a lo largo, pero esta, que creo que es más grande gracias al casting, encuentra a Norma Jean hablando por primera vez en un restaurante con su héroe, el dramaturgo y futuro marido Arthur Miller ( Adrien Brody). Un silencio tan denso que parece fabricado reina en el ambiente, como en otras escenas, y los demás comensales y las voces cuidadosamente expulsadas por De Armas y Brody apenas se escuchan mientras Norma Jean conmueve a la dramaturga en demostrarle que ha entendido bien una. de sus obras de teatro. The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007) y Killing Them Softly (2012) contienen este tipo de conversaciones donde la presencia de los actores cuenta más que sus palabras. El primero se desarrolla prácticamente únicamente a partir de este tipo de escenas y es por ello que es un western destacable en el cine contemporáneo.

Al principio, parece que Dominik apoyará estas decisiones hasta que lleguen los créditos; incluso modifica o mantiene ambiguos ciertos pasajes del marco original, pero tras el matrimonio con Miller Oates comienza a imponerse.

Blonde es una novela que, desde las primeras páginas, se describe a sí misma como ficción y detalla algunas de sus libertades. La Norma Jean de Oates, dice el prefacio, es una invención; en la trama hay hechos que no sucedieron y se confunden con los que sucedieron, pero sobre todo parece haber una abundante tendencia a tergiversar los hechos para ofrecernos un retrato de la explotación que colinda, cuando no entre, el exceso victimista. En la novela, Norma Jean es asesinada por un agente de la CIA, enviado para proteger la reputación de su amante, John F. Kennedy, y sus dos encuentros con el presidente, especialmente el último -fielmente reproducido por Dominik- son tristes, grotescos. : Dan testimonio del poder masculino concentrado en un hombre para pisotear a una heroína icónica. Al dar una vida interior considerable a su protagonista y el papel de genio, Oates logra un cierto equilibrio, a pesar del inútil intento de encajar en la ficción paranoica estadounidense. Dominik tuvo una tarea más complicada debido a la naturaleza fenomenológica de su entorno.

Por un tiempo, Blonde trata de construir su historia sin mucha claridad narrativa; los personajes a menudo no se presentan y Dominik parece más interesado en los momentos que describí anteriormente; Antes de pasar a las preguntas, sobra decir que a lo largo de la película reina una imaginación cinematográfica admirable, que juega con los contrastes de luz para crear imágenes cercanas a las de la prensa rosa de los años cincuenta. En otros momentos, la sobreexposición ahoga la pantalla en destellos que manifiestan estados de ánimo y sensaciones. Aunque el momento en que Norma Jean descubre el placer sexual es tímido -no hay imágenes explícitas, quizás a petición de los productores-, Dominik soluciona la falta de tactilidad con distorsiones visuales provocadas por los reflejos en las gafas, que producen al menos una impresión de éxtasis. . Sin embargo, no se deben evitar las imágenes idealizadas del feto o del interior de Norma Jean frente a su ginecólogo, que bordean la burla de Gaspar Noé en Enter the Void (2009) y, en lugar de sugerir deseo maternal, dejan un anti – Hedor a aborto.

La escena con Kennedy lleva a su clímax una narración que, a partir de su matrimonio con Miller, comienza a reducir a Norma Jean a un estricto papel de víctima, loca, desgracia aguardando. Su muerte, provocada por una enfermedad mental, adicción, explotación y traición, al menos elimina la paranoia de Oates, pero es la culminación de la tortura. Kennedy, al contrario de lo que sugieren los biógrafos, trata a Norma Jean como carne: un par de agentes la llevan a su habitación para que se arregle y el líder del mundo libre la recibe desnuda, distraída por el teléfono y deseosa de recibir una felación, lo que Dominik El cine como espectáculo. Por supuesto, obtener una descripción de los encuentros de Marilyn Monroe con Kennedy es imposible, pero los relatos disponibles sugieren un trato más afable en el que llamó al presidente con su masajista. ¿Por qué imaginar, entonces, algo tan cruel? Quizás Oates y Dominik respondan a esto para denunciar simbólicamente la verdadera explotación de Monroe y muchas otras actrices, pero en cambio terminan cayendo en el dilema de la autorreflexividad.

Al mostrarnos a Norma Jean martirizada, ¿no la están atormentando ellos mismos, quienes deciden qué mostrarnos o no? ¿No son sinónimos las atrocidades en pantalla y la representación voluntaria de estos actos? Al menos el novelista y el director buscan sacudir al público con la intención de sensibilizarlo, pero llegados a este punto de insensibilidad del público, expuesto diariamente a imágenes más violentas de la realidad, la estrategia merece, al menos, ser cuestionada. Quizás lo que necesita una figura como Marilyn Monroe, tan castigada, tan reducida por su tiempo, es comprender en el nuestro, el descubrimiento de su inmensidad. Para ser justos, Rubio intenta dárselo y revive así también sus alegrías, pero todas acaban conduciéndonos a la reconstrucción de su angustia. Tenemos que dejar de ver a Monroe como una historia, un símbolo, y finalmente empezar a ver a una mujer.